ISIDRIS

Por Adolfo Ariza

Caminé con pocas ganas. Era una mañana calurosa, de fines de noviembre. Lo que pasaba era que las ideas se me apilaban, como hojas mojadas, en la cabeza, y no podía concentrarme en nada.

Había perdido el control de mis pensamientos, y el inconsciente lanzaba ráfagas de miedo en mi garganta.

¿Adónde ir así?

De golpe, mis pies se empezaron a hundir en una arena gris y tuve que esquivar unos yuyos que se me pegaron en los pantalones. Me agaché para desengancharme, desapareció la luz y no supe más.

Abrí los ojos, estaba con la mejilla pegada en la arena, debían de haber pasado unos segundos, ¿o no? Me puse de rodillas, enfrente tenía un cartel verde y blanco que decía “Piedra Isidris Seguir por el río seco”.

Algo chasqueó en mi cabeza: ISIDRIS. Traté de recordar: una piedra, signos dibujados (algo me dictó una frase ¿runas germánicas? No sé qué es eso. ¿Quién me lo dijo?)

Sentí la necesidad invencible de ir a ver. Algo se me estacionó entre las ideas, que seguían apiladas, tenía qué averiguar, tenía que ser una respuesta.

No era difícil encontrar el camino: solo tenía que seguir el arroyo seco; además, había muchas huellas de gente que había pasado por allí.

Un rato después aparecieron rocas con dibujos geométricos extraños, y en el medio del arroyo, una piedra casi enterrada en la arena.

Era la piedra. Me senté al costado del arroyo debajo de unos de esos escritos. No sabía qué significaban, pero ahora pasaban por mi cabeza imágenes que revolvían las ideas que me acuciaban.

Esto vi:

Me acerqué y me empezó a invadir una sensación no conocida: ME SENTÍA SEGURO, CONFIADO.

Caí en la cuenta de que ya no había hojas en mi cabeza, solo tranquilidad.

Acerqué la mano a los signos, y de golpe, el piso desapareció y caí en un pozo oscuro. No sé cuánto duró mi caída, pero otra vez mi cara estaba pegada a la arena, ahora húmeda, y con un suave resplandor celeste.

Me incorporé, estaba bien, con las piernas livianas, sin ningún dolor.

El resplandor marcaba un sendero hacia algún lugar desconocido. ¿Un túnel? ¿Hacia dónde?

No me importó y empecé a caminar, me sentía seguro y protegido, como nunca antes.

Casi feliz, ¿o feliz?

ISIDRIS
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